23 de diciembre de 2018
Navidad en mi corazón
Renacer en el Ser
Tomar conciencia de quien Soy.
Recordar
Conectar con la esencia y el Amor en Paz.
La Navidad de cada día, de cada latido.
Perdonar en mí y soltar.
Obrar el Milagro aquí y ahora, sanando la ilusión.
Reconocerme en la magnificencia de la Creación.
Respiración de Vida, Luz interior en expansión.
Pachamama agradecida, siempre generosa
nos recoge en su regazo.
Hacer de cada momento un instante santo.
Que el Amor sea siempre el vínculo sagrado,
el fuego alimentado entre hermanos.
Despertar
Ser y Estar en el Amor, en Paz.
Plenitud en Libertad
Has de tu día a día una Navidad
🙏💜
9 de diciembre de 2018
Habitada
El Universo me habita toda,
me traspasa,
me alimenta.
Serena,
en un silencio inmaculado,
espero el designio
dejándome ser.
Vacía de todo,
nada tengo
y todo lo recibo
abierta como un loto
que flota confiado
en el líquido sustento.
Tan completa,
tan agradecida,
como la flor
desprendo mi perfume
y el Amor
se expande
y me abraza,
me regocija
y protege.
Ser todos en mí,
en todos Ser yo
etéreamente Viva.
1 de diciembre de 2018
Los vestidos de mamá...
Cuando falleció mamá, le regalé unos cuantos vestidos y una maravillosa colección de sombreros a mi amiga Graciela. Pensé ¡quien mejor que ella para tenerlos! Pero no porque fueran de su talla, o le sirvieran a su madre, la razón que me impulsó a hacerlo fue que Graciela tiene un teatro.
Síiiii, ella y Quique tienen un espacio en Montevideo, "La Casa de los 7 Vientos", un espacio mágico.
¡Qué mejor destino para unos vestidos y sombreros de época que un teatro!
Y esta noche de sábado, me llega su mensaje con estas dos fotos diciéndome, "Estos vestuarios los hice con los vestidos de tu mama" "Y este beige lo desarmé y re hice todo usando los bordados".
No te imaginas la alegría tan grande que invadió mi corazón, que estupenda nueva para terminar el día. Los vestidos de mamá cobraron vida en el teatro, con cada función se llenaron de alma, de arte, de emociones.
Si los miro en las imágenes, ajena a la actriz que los porta, me parece ver la figura de mi madre bajo las finas telas y por momentos, me nace tenderle la mano para que cruce a este lado de la pantalla y podamos fundirnos en un abrazo.
Gracias querida hermana de la vida por hacerme llegar este detalle. Pronto estrecharemos nuestros corazones, mientras te sigo queriendo desde este rincón del mundo que me aloja.
Imágenes de la obra de "La Casa de los 7 Vientos" en mi ciudad natal, Montevideo (ROU)
27 de noviembre de 2018
Estirándome...
Estos
días me pregunto cómo es que no tengo las piernas y los brazos más
largos...
Llevo
tantos años estirándome para abrazar a mis orillas queridas. Juntar
los corazones por encima de un océano, de un mar, de provincias, de
continentes, de las nubes y el cielo.
Me
he pasado la vida estirándome para juntar nuestros corazones,
mantenerlos cálidos, acariciarte el aura mientras duermes, algunas
veces velar tu sueño desde este rinconcito mío en el mundo.
Me
estiro y me estiro
y
entremedio descanso
y
respiro
y
siento
todo
el amor que nos une,
ese
que se aloja
tan
dentro de mí,
ese
que sigue floreciendo
como
de una semilla mágica.
No
sé si algún día mis brazos serán casi tan largos como mis
piernas, pero el latido de mi corazón siempre será como ese tambor
que te canta una nana cada noche. Y yo, a veces tan distraída, sigo
sintiendo los perfumes de mis puntos cardinales. Sentada bajo el
ficus al que tantas veces llamo ombú, veo como confluyen en mis
pupilas todos los tiempos y paisajes. Y en lo alto de la montaña
está mi cerro querido, así, como colgado. Y me estiro también para
alcanzarlo, porque para mí sigue siendo la montaña más alta de mi
niñez.
21 de octubre de 2018
Aromas de la infancia...
Es increíble como nuestro subconsciente guarda aquellos aromas que evocan todo tipo de recuerdos.
Cada vez que pienso en hacer la tarta de hojaldre de manzanas, recuerdo a mi madre y el olor a canela me invade sin remedio.
Hoy ha sido uno de esos días, con olor a familia.
Cuando era pequeña, mi madre horneaba una tarta de manzanas y yo disfrutaba de todo el proceso. Muy atenta, observaba como elaboraba el hojaldre cuidadosamente en la pequeña mesa de la cocina. Esparcía un harina sobre la superficie y repasaba el palote, luego llegaba la hora del volcán. Con habilidad y sin derramar nada, por arte de magia estaba la bola de masa ya preparada. Yo apenas alcanzaba la mesa, mis ojitos quedaban justo al borde, lo suficiente como para quedarme con lo más importante. Era una tarea laboriosa y mamá amasaba y doblaba, y volvía a amasar y doblar y así un buen rato.
A pesar de que aún faltaba mucho para el gran resultado final, yo ya veía en mi mente la tarta humeante y, sobre todo, sentía ese mágico perfume que tanto me gustaba.
Mientras el horno se calentaba hasta la temperatura deseada, emprendíamos la tarea de cortar las manzanas y colocarlas decorativamente sobre la masa que mi madre había extendido en el molde. La creatividad era dirigida porque mamá ya tenía un diseño fijo en su cabeza (imagino que el de mi abuela) y colocábamos cada gajo de manzana cuidadosamente superpuesto al anterior creando una gigante espiral. Ya mayor comprendí que la geometría sagrada transitaba en las recetas de las mujeres de mi familia y he respetado las formas hasta el día de hoy. Una vez que toda la masa quedaba cubierta, con maestría creaba una suerte de flor en el centro con los gajos más pequeños que había reservado. Ya faltaba menos para terminar la obra de arte. Y sería yo quien daría ese toque maestro. Mi madre mezclaba azucar moreno y canela en un bol. Me enseñó a esparcirla con un pequeño colador sobre las manzanas. Con esmero y la lengua de lado, los ojos fijos en la delicada tarea, iba recorriendo la tarta con mi coladorcito y una lluvia canela se iba posando sobre los gajos. Paso siguiente mi madre le hacía la terminación a la masa con un trenzado alrededor. Luego unos trozos de mantequilla y al horno. Imagino que la tarta no demoraba demasiado aunque para mí era una eternidad. Una vez lista, había que esperar a que se enfriara y para el té de las cinco ya estaríamos disfrutándola.
Con los años, seguimos cocinando la tarta de manzanas y Sebastián, siendo muy pequeño, se asomaba para verme amasar. La tarta de manzanas fue su favorita siempre. Algún día quizá, él se la haga a sus hijos.
💓
19 de octubre de 2018
A mis hombres de fierro...
Estoy feliz por conocer a tantos hombres dignos, solidarios y brillantes como espejos bajo el sol. Maravillosos seres que están en conciencia, que vibran con la verdad y transitan su camino con amor. Hombres que sacan lo mejor de sí mismos y de mí, que me reconfortan, me valoran, me estimulan, me dejan ese espacio tan necesario y grande que quiero para respirar, respetan mis largos silencios y me siguen en mis aparentes locuras. Hombres Caballeros, sin armadura, desnudos por la vida, descalzos y emocionables, atentos y alegres, sensuales, tolerantes, inconmensurables amigos.
¡Cómo no nombrarlos!
Son muchos, muchísimos o será que yo soy siempre tan afortunada que la vida me sonríe poniendo en mi camino tantos ellos y ellas insuperables.
¡Estoy tan agradecida!
Y si alguno, en algún momento de mi crecimiento, me pareció rana, no lo era. Esos hombres también han contribuido a forjarme, me han encaminado sin saberlo a descubrir las maravillas de la alquimia. Gracias a ellos he aprendido a transmutar y descubrir que siempre hay luz.
Hoy se lo dedico a todos ellos porque de nosotras siempre estamos hablando 😉
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