Para muchos uno de los días más esperados. Para otros una ventana a percibir la soledad y melancolía.
Siempre, todo depende del cristal con que se miran las cosas y de donde decides posicionarte.
En mi caso prefiero dibujarme un domingo silencioso o musical, ese día de reflexión y descanso en el que tantas cosas cobran vida, esas a las que durante la semana el reloj nunca da paso.
Es que a veces me postergo y el domingo me reencuentro para darme un abrazo gigante, para seguir la espiral de los girasoles o sumergirme de lleno en la vida. Me tiro sin paracaídas, salto por los tejados, contemplo alucinada una mariposa, buceo durante horas sin tanque.¡Total, nací con alas!
Y lo mejor de todo es que no tengo que moverme de mi sitio para vivir grandes aventuras.
Y vos estás aunque no te veas, estás compartiendo, respirando a mi lado la ilusión de estar vivo. Vos también estás aprendiendo a volar, a despegarte el pasado y ver la luz sin túnel, resplandeciente sin más. No hace falta mucho para reír y cantar, para asombrarte con los regalos que el universo trae en silencio o con batucada, para bailar hasta marearte y caer sentada en el pasto, para gritar la libertad por los poros y atardecer satisfecha.
No hace me falta nada, sólo estar atenta, rendida ante las maravillas de la vida, agradecida y liviana.
Y así transcurre este domingo de octubre,
entre vuelos y verdades
con el amor por bandera
y la esperanza cosida al cuello.